ARTURO ORTEGÓN

ARTÍCULOS PENDIENTES

EJERCICIO DE RIMA #1 (Clichés)

Siento impulsos de escribir una poesía.

Tengo impulsos de escribir una canción.

Me dan ganas de escribirte una misiva

Hasta quiero regalarte una oración.

 

Las palabras son de aire y van al aire.

Las palabras son de tinta y van al mar

Lágrimas negras que rayan la pantalla

Una hoja blanca en la barra de algún bar.

 

Es la música que baila en la cabeza

Toda idea se hace letra al palabrear

El pensamiento es el ritmo de la vida

Las palabras son lo que puedes crear

 

Es por eso que este impulso de escribirte

Estas ganas de decirte todo y nada

Son el ritmo de una vida testaruda

Cuyas ganas de escribir nunca se acaban.

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5.535 DÍAS (Panegírico tardío para mi hermano)

5.535 días han pasado desde que se fue Germán. 5.535 días he deseado que siguiese aquí conmigo, que no se hubiera muerto con sus boletas para el concierto de Metallica en el bolsillo de su chaqueta de cuero, poco después de almorzar, antes del cambio de siglo que tanto anticipaba y para el que estaba magníficamente dotado para conquistar.

El primer flyer de la primera fiesta retro ochentera que recuerdo, lo diseñó él en los tempranos noventa; con toda la iconografía que hoy, 5.535 días después de ese almuerzo, es más importante y definitiva que nunca. Kitt, el auto fantástico, los cazafantasmas, Rambo y the A-Team. El sabía que todo volvería, por que era un publicista visionario y un creador de tendencias siempre fiel a su convicciones forradas de mezclilla y cuero negro y pelo largo, del que afirmaba jamás se cortaría, aunque se quedara calvo arriba (como su padre) sin importarle quedar con la cabeza de Danny DeVito en Twins.

Pasé mi vida con él desde que nos juntaron en el primer año de secundaria, cuando durante un maravilloso año lectivo, el colegio dominico en el que estudiamos decidió que los alumnos de bachillerato podían vestir de particular y llevar sus camisetas Ocean Pacific, pantalones vaqueros con el tratamiento Acid-Wash y (en mi caso particular) vestidos de dos piezas de algodón bombacho, de colores claros y pasteles, con dobladillos remangados caribeños, muy a lo Sonny Crokett. El siguiente año, el colegio entero volvió al uniforme.

Desde entonces no recuerdo mi vida sin él. Incluso, o sobre todo, ahora que no está se qué la persona que soy no es la persona que sería si no nos hubiéramos encontrado y compartido ese amor por los mechones (el suyo hacia la derecha y el mío hacia la zurda), por Batman, el agente espacial Cobra, el Capitán Centella, Zimm Morris, Wilfred y la Ganga, los maricas Rolling Stones, el hermoso color negro (sobre todo en botas y camisetas) y una empatía cósmica que sabíamos tan cierta que nunca discutimos ni cuestionamos.

Aprendimos mucho juntos. Aprendimos todo juntos. Nos hicimos daño mutuamente como los adolescentes suelen, una vez incluso acatamos la moda de la pelea a la salida del colegio y nos enfrentamos en un combate miserable para los espectadores, pues nos rehusamos a herirnos y abandonamos la arena (en realidad un potrero detrás de un edificio frente al colegio) juntos y, si eso era posible, más amigos que antes. Nos herimos, nos dijimos verdades dolorosas y nos perdonamos. Siempre. Una y otra vez.

Mi casa fue su casa y su casa la mía, nuestras hermanas eran nuestras y las hicimos hermanas entre ellas, viajamos al sol y a la nieve juntos, bebimos 1000 cervezas por cinco dólares en un desaparecido bar de reggae de Coconut Grove y esquiamos las lomas de Keystone, Colorado a gran velocidad y con cierta pericia, con la sutil diferencia de que él sabía frenar y yo solo podía detenerme chocando contra algo no muy duro. Y es que siempre fue un gran atleta, alto, delgado, magro y macizo, me cargó una vez de la cancha de baloncesto hasta la enfermería sobre su espalda, por que mi regordete y pre adolescente marco había nuevamente roto algún tobillo aterrizando después de un salto malogrado.

Él sabía frenar. Yo no. El fue mi guía, mi salvador y mi aliado en muchas de las tantas veces que, como en el básquet, hice daño considerable a mi propia humanidad y existencia. Comía de pie en la cocina y siempre quedaba satisfecho con lo que se preparase. La gula no era su pecado y sabía detenerse cuando estaba copetón con el alcohol, por que no le gustaba ni veía necesidad de estar borracho, mientras que yo peleaba ebrio más allá de la consciencia con desconocidos, con el mundo y con mis novias, me rompía botellas en la cabeza y me iba a dormir al parque de su casa cuando en medio de mi angustia existencial no sabía ni quería pernoctar en ningún hogar.

Siempre me cuidó. Siempre nos cuidamos el uno al otro, cuando viajamos por separado nos traíamos regalos. El me regalaba lindos encendedores de Australia o Barcelona, por que sabíamos que el fuego era importante, no solo por que fumábamos entonces, sino por que la historia de la humanidad está partida por el descubrimiento de las pirotecnias y nuestros homínidos ancestros sufrieron mucho para lograr esa proeza.

Cuando disgustábamos, nos dejábamos. Pasaban días y hasta meses y luego uno de los dos buscaba al otro cuando sentíamos que era necesario volver a vernos. Nos reencontrábamos sin aspavientos y continuábamos exactamente donde habíamos quedado. Y así crecimos y nos hicimos hombres. Queríamos poner un bar que se llamara Gótica (un empresario llamado Cacho se nos adelantó); Sacamos de Music Factory una madrugada cargado en hombros a Martín de Francisco (un objetor de inconsciencia hecho dibujo animado); nos disfrazamos de Batman y Lancelot en Underground y con nuestras respectivas Gátubela y Bruja pasamos esa y muchas noches de fiesta y muchos días de amor.

Cuando Germán murió, bebí durante muchos días y cada vez que recordaba que su muerte era más real que la muerte misma, volvía a beber. Lloré borracho en Villavicencio tras leer El Alquimista de Cohelo, no por que el libro fuera tan malo (ni tan bueno), sino por que no lograba comprender como la vida se apagó para un hombre tan sabio, en un punto tan alto, cuando yo ya había olvidado como llorar. Me alejé de su casa, que era mi casa , como la mía fuera suya; me alejé de su familia, que era y sigue siendo mi familia, y lo único que quise llevarme (y quedaba) cuando por fin visite su cuarto sin su vida, fueron tres camisetas (una de la policía nacional de Colombia, una camuflada y mi favorita, negra con dos rayas blancas sobre los hombros) que me hicieron decidir adelgazar para poder usar y usé hasta que se deshicieron sobre mi trapecio. Me alejé para evitar el daño que nos hacía a su familia y a mi vernos, por que al vernos, la falta que nos hacía se hacía imposiblemente enorme.

Espero sinceramente haya estado equivocado cuando afirmaba que la vida era esto y no era más y que al morir, moríamos y no quedaba nada, ni aquí, ni en ningún plano físico ni metafísico.  Y sospecho que así es; sospecho que estaba equivocado. Por que aquí y ahora, a 5.535 días de su partida, habiendo pensado en él cada uno de ellos, sigo amándolo como mi hermano, llevándolo conmigo a todas partes donde voy y siendo la única causa en toda mi vida para derramar lágrimas, de absoluta tristeza por haberlo perdido y de absoluta felicidad por haberlo conocido.

Hasta el día que yo muera, su historia, su temperamento, sus lecciones, su inteligencia y su bondad permanecerán en mi corazón y en mis propios cuentos, para quien esté dispuesto a escucharlos y seguramente cuando me haya reunido con él en el cielo, siempre habrá alguien para contar nuestra leyenda. Por que, como Jim Morrison o Andrés Caicedo, Germán Andrés Niño Orozco, al partir se hizo inmortal y nos hizo célebres a todos los que tuvimos la dicha de verlo hacer lo suyo durante su injustificablemente corto tiempo en este mundo.

Gracias. Totales.

EL CLUB DEL SUICIDIO (Estamos trabajando para mejorar la calidad de nuestro servicio)

SALA DE ESPERA es la sala del espera al infierno que se infiere desde el principio y esa no es la mayor ni mejor sorpresa que ofrece esta segunda creación de la tropa teatral denominada EL CLAN, presentándose actualmente en una especie de caja negra dentro del TEATRO DE CÁMARA RUBÉN DI PIETRO, en la capital del país del sagrado corazón.

Una obra vivencial y una experiencia teatral con un carácter justamente más experimental, en el que un quinteto de desastres humanos se enfrenta entre si mientras esperan cada vez más tétricamente abordar un avión mientras que su despegue se diluye entre el sinsentido metafísico del bucle infinito de la burocracia administrativa y el protocolo políticamente correcto pero putamente ofensivo con el alma y la dignidad humanas.

Cargada de referentes cinematográficos como Los Otros, El Resplandor, El Sexto Sentido, Pulp Fiction (dos de Bruce Willis) y sobre todo El Ángel Exterminador, entre mis favoritos, la obra se enfoca en el explosivo encuentro entre Miguel, Sara, Cristian, Carolina y Juan Pablo en una sala de teatro dispuesta como una sala de espera, en la que los personajes son completamente inconscientes de la audiencia que los rodea.

De otro lado, una robusta y caricaturesca azafata, que puede ser Dios, el diablo, un ángel o un demonio, parece jugar por encima del bien y del mal de la obra, como un Deux-est-sobrecargus que acaba explicando lo obvio con maquiavélico deleite.

Una vez más EL CLAN, minimalista, recursivo y elegante, logra con pocos y elocuentes elementos, crear una ficción hermética que requiere cierto voyerismo por parte la audiencia para ser completamente apreciada. En este caso, dicho voyerismo resuena cercano y confesional, examinando el impacto de los fenómenos de la cultura mediática com el “sex tape” y los desesperados temperamentos artísticos que la sobredosis de publicidad y feromonas han dado a luz.

Las actuaciones no son (o al menos no lo fueron esta noche) homogéneas pero si fueron constantes en su mejoría, al punto que el final es el mejor momento de interpretación de cada actor, aunque todos caen atrapados por momentos en la mecánica de los recursos narrativos más que en la profundización del personaje; y sin embargo, al llegar al momento confesional (estructura compartida con la antecesora VIDAS AL BORDE), los personajes logran un punto alto de humanidad y empatía.

Y es que, como en los videos de Chemical Brothers dirigidos por Michel Gondry, la repetición de acciones sencillas y por extensión, de textos sencillos, una y otra vez a diferentes ritmos y en diferentes permutaciones, crea gradualmente esa atmósfera claustrofóbica que caracteriza la pieza y que alcanza un momento de excelentemente compuesta angustia, en el que uno puede sentir el dolor de cabeza del boxeador; derrumbarse con las lágrimas de la princesa hecha puta por internet; mofarse de la impostación del perverso predicador; escandalizarse de lo excesivo y tarado de un bisexual semi-célebre o perderse en un lindo culo de leopardo que encierra y simboliza más tristeza y estigmatización que sensualidad o calidez.

Los diálogos de la obra están bien. Son, por lo general y como los de sus parientes cinematográficos, más bien “cool”, con momentos brillantes de sátira socio cultural red socialista (La fe mueve montañas…de dinero) y mucha crítica suelta a los sistemas judiciales y administrativos del país, que se constituyen, pese a la importancia de su contenido, como momentos superficiales de la narración.

Pero finalmente en truco se logra. La atmósfera funciona y a partir de ahí, la promesa, el giro y el prestigio, aunque no necesariamente en ese orden, entregan la satisfacción, que es saber a ciencia cierta que están atrapados en el pasaje Macabeo o en el purgatorio de Alighieri, en un bucle infinito que es su limbo y su castigo por (pecado imperdonable de la cristiandad) haberse quitado su propia vida y para siempre serán almas en pena.

Vale la pena.

AS STONES ROLLED BY (10/3/16)

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“It is the evening of the day/ I sit and watch the (geezers) play”

 

Con el culo mojado sobre la silla Q 166 del estadio Nemesio Camacho EL CAMPÍN y descubriendo que la decisión Rockera de no usar ropa interior el día de hoy fue la peor que podría haber tomado, me pregunto una y otra vez qué es lo que hago aquí.

Puede ser el arpegio metafísico seguido del redoble marcial del inicio de PAINT IT BLACK, tema musical del cabezote de MISIÓN DEL DEBER, serie de televisión que marcara una generación de la televidentes a la que pertenecí y que pese a jamás haber visto un capítulo de ese programa, siento que hace parte de la banda sonora de la transición entre las últimas dos décadas del siglo pasado. Y es que claro, PAINT IT BLACK será para siempre un himno bélico y anti-bélico simultáneamente, cuya potencia evoca cierta marcialidad destructiva y avasalladora representativa del lado oscuro de la humanidad. Desde los créditos finales de FULL METAL JACKET hasta el tráiler de CALL OF DUTY: BLACK OPS III, los Stones le dieron al mundo una canción tanto emblemática como enigmática que acompañó algunas de mis cosas favoritas en el mundo de mi adolescencia.

También estaba La Canción de Media Noche. Un hito de la radio de finales del siglo pasado en Colombia. El momento en el que 88.9, la superestación , te hacía saber que habías llegado a una hora mística y te habías ganado el derecho de oír una joya, y con las notas iniciales de WRAPPED AROUND YOUR FINGER de The Police, te daba un clásico magníficamente escogido en el que con frecuencia me encontraba con RUBY TUESDAY, ANGIE y la mentada PAINT IT BLACK, convirtiéndose estos entonces ya viejos Stones con sus ya viejas canciones, en los clásicos de las medias noches de colegio en las que tanta incertidumbre y ansiedades solían dormir con uno.

Es más por ese lado, por el lado de la nostalgia, que descubro que se encuentran mis razones para estar aquí, gastando dinero que no tengo, en un espectáculo que el mismo Nick Hagger dijese en pleno sesentaynueve que jamás se daría por que países pobres como el mío no podían pagar súper estrellas contra-culturales como él y su banda.

Puta, es por el lado de la nostalgia que me encuentro aquí. Yo, que me precio abiertamente de inmune a la nostalgia.

La nostalgia me parece cosa de viejos, cosa de aquellos que aceptan su realidad distante de las promesa que su yo más joven y potente les hiciera, solo para verlas convertirse en frustraciones y hermosos sueños que nunca se harán realidad. La nostalgia es para maricas y prisioneros.

Si es por culpa de MISIÓN DEL DEBER y La Canción de Media Noche que estoy aquí, debería largarme. No caminé 80 cuadras bajo la lluvia en uno de los peores trancones que la ciudad ha visto este año para persignarme ante el altar del pasado y sentir pesar de lo que no he hecho con mi vida. No puedo ser como uno de estos miles de penta y sexagenarios que están aquí para redimir sus elecciones que los alejaron de la vida rocanrolera y los volvieron coleccionistas de recuerdos. No puedo estar en el concierto del que originalmente renegué y despotriqué y a cuyos protagonistas llamé momias cuya mayor virtud en este punto es seguir con vida, únicamente por que me esté haciendo viejo. Si, eso es lo que los viejos hacen, pero yo no lo hago por eso.

¿o si?

Mi primo me toca el hombro, me volteo y nos abrazamos. Fue su cumpleaños unas semanas atrás el detonante, el punto de giro y la bisagra cuyo movimiento me trajo hasta aquí. Su esposa le dio las entradas de cumpleaños y él, que como yo había descartado el concierto como una sobrevalorada alharaca, me confesó conmovido lo importante que en realidad consideraba que la banda de rock activa más antigua del planeta decidiera pisar esta humilde tierra de gaita y coca.

Durante la llamada de media hora para felicitarlo por su onomástico, mi primo usó la mayor parte del tiempo para lavar mi cerebro y hacerme entender lo dolorosamente obvio y es que, ninguno de nosotros nos estamos haciendo más jóvenes, y los chances de ver un cuarteto de siete décadas de edad promedio, se hacen considerablemente más escasos cada día. Pronto Keith Richards estará muerto. Luego Charlie, Ron, Mick, usted y luego yo. No había de otra. Tocaba verlos.

La satisfacción en el rostro de mi primo me conmueve y por primera vez en esta tarde que ya se hace noche siento verdadera felicidad de estar ahí, con un niño que vi crecer hecho hombre, un buen hombre, un hombre que toma cerveza sin alcohol en la parada Bogotá de la gira OLÉ (Ole, que falta de creatividad la de los Stones) de los Rolling Stones.

Hay algo extraño, algo objetable, una sensación decididamente comercial en el aire. No solo la cerveza sin alcohol, los grupos familiares que incluyen nietos y abuelos, las celebridades locales, las otrora porno-metaleras resucitadas ni la presencia de una de las franquicias más sobre valoradas del país con su puta vaca choco loca. Hay algo más, algo limpio y organizado, algo homogenizado y cansado en el aire que me hace sentir en Disneylandia o en el Cirque Du Soleil o en la premier de la nueva entrega de Star Wars. Siento que estoy más en un espectáculo tipo Las Vegas (o Misi) que en un concierto de Rock en el en El Campín.

Yo estuve en Gans en el 92, loco.

De otro lado, hay algo fantásticamente positivo en que la gente respete la numeración de los puestos y solucione amablemente las confusiones que surgen acerca de donde parquear sus culos. Es bonito sentir que la única ciudad del país se comporte como una gran ciudad.

Y es que finalmente eso es parte de lo que esta banda, que estuvo en el programa de Ed Sullivan; que contrató a los Hell’s Angels como equipo de seguridad de un muy trágico concierto; que presentara y representara el logo más icónico y reconocible de la música popular y que diera forma justamente a eso que se denomina pop y a eso que se denomina rock, trae a la ciudad y al país. Una validación. Una confirmación de que, como con la nominación al Oscar, nos merecemos cosas bonitas y estamos dispuestas a valorarlas como tal, así lleguen muy tarde y algo desprestigiadas.

Feli me lleva a sus silla, está con Adriana su esposa, su cuñado y Giovanni, me ofrece un nuevo sorbo de cerveza sin alcohol. Lo rechazo. No necesito las calorías y mucho menos únicamente por el deleitoso sabor a águila. Hoy hice dos horas de cardio, estoy eliminado los carbohidratos y evitando el gluten. No estoy viejo ni estoy aquí por que me sienta viejo. Si, es cierto, alguna vez juré que la próxima vez que fuera a un concierto sería invitado en la lista VIP y recibiendo al menos un digamos “masaje” por asistir y he básicamente cumplido dicho estúpido compromiso conmigo mismo.

Pero es que son los Rolling Stones. Cómo si un fantasma o un personaje de ficción cobraran vida. Algo metafísico. Me digo a mi mismo que eso es lo que paga la boleta y vuelvo a la realidad cuando Felipe dice que votó por Dead Flowers como canción única para Bogotá en el tour. No sabía que hacían eso. Supongo que esa canción aguanta.

Felipe dice que ojalá abran con Start Me Up, estoy de acuerdo pero dice que en Argentina empezaron con Jumpin’ Flash y aquí podrían hacer lo mismo. Recuerdo a Whoopie Goldberg intentando descifrar la letra de Jumpin’ Jack Flash en la película homónima que veía en Request; la más refinada versión de perubólica de los noventa.. Le digo a Feli que yo vine a oír She’s A Rainbow, Angie, Anybody’s Seen My Baby y Miss You, además de las que ya se que tocan como parte del repertorio oficial. Lloraría como un marica si tocaran As Tears Rolled By pero es tan absolutamente improbable, que ni lo considero. Son demasiadas canciones. Demasiados discos, demasiados hitos y demasiadas improntas en la cultura popular como para salir completamente satisfecho. Al menos esa promesa, como sea, será cumplida y no podré conseguir satisfacción. No completamente. Nadie aquí lo hará.

Toca el telonero local, la banda Diamante Eléctrico, quienes también abrieran para Foo Fighters, bajo una llovizna no tan incipiente y entre instrumentos importantes (los de los Stones) cubiertos por plásticos e impermeables. Su música es enérgica y por momentos poderosa, pese a que tocan en un entorno apático y con la convicción de quienes saben que nadie está realmente aquí por ellos. La gente de las sillas frente a las que estamos parados llegan y comienza a ubicarse. Felipe toma su lugar y es obvio que debo ir civilizadamente a mi puesto Q 166. Quiero patear a alguien.

Inmediatamente me rio de la idea y pido paso amablemente. Al llegar a mi puesto descubro una especie de costeño ocupándolo, le pido que se vaya, me dice que no, que ese es su sitio, dice que es la R. Le digo que es la Q y se rehúsa a creerme. Los compañeros de fila le confirman que es la Q y se larga disgustado mientras yo permanezco ahí, victorioso de absolutamente nada.

Cuando la perubólica empezó a captar la señal de HBO, recuerdo haber visto FREEJACK, donde Mick era el villano y Emilio Estévez aún importaba tanto como su sidoso hermano. Luego estaban las historias de cama; Jagger descubierto en la cama con Bowie por Angie o Bianca, o ambas, o ninguna; Jagger y la barra Snickers con la que estimulaba a Marianne Faithful; el pirata del Caribe Richards, padre putativo del vampiro de Hollywood Jack Sparrow, de quien se dice haber inhalado las cenizas de su propio padre con y o tras un poco de coca y quien supuestamente recibe transfusiones completas de sangre cada cierto tiempo para prolongar su vampírica vida.

Y claro, el campamento de Rock and Roll al que Homero Simpson es llevado como premio por emborracharse en televisión y despotricar de su familia. Es así como quiero que empiece. Quiero escuchar esos tres acordes que dan inicio a Start Me Up como si vinieran de entre el bosque; quiero sentir la presencia del monstruo y tiritar de emoción y ya no de frío; quiero…

El escenario estalla. Los fuegos artificiales iluminan el cielo nebuloso y húmedo y las pantallas lavan de luz los rostros de los presentes. Una voz da la bienvenida y una especie de infografía aparece animada en la pantalla con los nombres del país y la ciudad. Se nota la marca corporativa y, como en la fila de la Aerosmith’s Rock and Roller Coaster, me siento llenando los bolsillos de señores bien vendidos que saben que su creación significa más para la audiencia que para ellos mismos y que eso podía ser lujosamente capitalizado. Absolutamente monetizado, para ponerlo en términos más youtubers. Al terminar la introducción en video estallan los inesperados y no tan bienvenidos acordes iniciales de Jumpin’ Jack Flash. Empezamos mal.

Lo bueno es que al empezar el concierto ya parece un concierto. El aire ahora seco y frío huele a whiskey a mi derecha, a tabaco a mi izquierda y a mariguana por todas partes. Las nubes blancas y hermosas vuelan alto y bajo sobre el estadio mientras los legendarios septuagenarios terminan uno de sus temas más genéricos y característicos.

Estoy aquí por el pasado más que por el futuro, ciertamente. Estoy aquí por la caja de 3 CD Singles Collection / The London Years que perteneciera a Germán y que yo copiase alguna vez a un casete de cinta metalizada para mayor fidelidad y etiquetara AS STONES ROLLED BY. Dicha cinta me acompañó durante muchos exilios y muchas resacas y muchos despechos y muchas despedidas y muchos reencuentros y con Germán Andrés escuchamos sus canciones una y otra y otra y otra vez, a veces sin hablar durante horas, moviendo solamente las melenas y los brazos y las piernas y tocando guitarra aérea y batería aérea y aullando desafinados los alaridos del diablo delgado de los labios icónicos.

Y si Germán estuviera aquí, aquí estaría conmigo.

Se que es solamente ROCK N ROLL, pero me gusta, me gusta mucho, tanto como para escribirlo en mayúscula. Sigue siendo lo mío, mi ropa, mi banda sonora, mis mechas y mis botas y al terminar la canción que lleva por nombre esta declaración, se que debo estar aquí única y exclusivamente por estar aquí. No por que sea un hipster del rock con ingresos disponibles; no por que sea un hippie del siglo pasado que lleva tres décadas esperando para prender un bareto en un concierto de estos manes (gettin’ stoned with the stones, man).

Pero entonces ¿qué encierra esa tautología? Estar aquí por estar aquí ¿es una declaración de placer o de resignación? ¿es elevación o conformismo?

Otro par de canciones sonsenetudas prosiguen. Una que ni idea, Tumbling dice, y la que ganó la polla de internet, Dead Flowers, que supongo hizo feliz a mi primo Feli y yo creí recordar de alguna película.

“Me pregunto si esto será todo”, me pegunté “¿será este el tono? ¿va a mejorar o solo empeora?”

La respuesta fue Juanes.

Bestia de carga, un concepto cercano a mi corazón. Idóneamente interpretada. El punto alto de la vida de Juan Esteban Aristizábal, ex vocalista de la banda de rock Ekhymosis, quien se esfuerza y da la talla. Apenas, más la da.

El Campín está al borde de las lágrimas al terminar Beast of Burden, viendo como uno de los suyos es nombrado caballero del imperio Rockero por su propia majestad satánica y recuerdo que Felipe me contó una hora antes que el último concierto al que asistió aquí fue “obligado” por su esposa Adriana, para ver a Juanes. Ella debe estar feliz. Así como otras 378.000 chicas presentes. Chicos también. Y señores que no pensaron encontrar algo reconocible y vieron al Juanes. Viva Colombia, hijueputa.

Más carisma en español con acento egomaniático por parte de Mick con su sorpresiva campaña en pro de esa delicatesen callejera llamada Oblea.

Luego Wild Horses. Who’s Gonna Ride Your Wild Horses? Bonita, conmovedora. El alma detrás de la pirotecnia asomando sin prisa hasta brillar.

¿sonó algo raro? ¿acaso un pop? ¿se fue un canal? ¿un contacto haciendo mal, bueno, contacto? ¿me lo imaginé? No importa. La canción termina. Las luces bajan.

“El grupo siempre ha contribuido a la economía colombiana”, dice este famoso e irredento consumidor de drogas en la voz principal y la ironía o la simpatía hacen que los contribuyentes a la economía del grupo rían aludidos.

Una cítara hippie de la era de la guerra de Vietnam suena en la telecaster de Keef, el olor a yerba sube y los tarros del Sr. Watts entran sin la potencia explosiva de las balas sobre el Mekong pero con una elegancia y misticismo hipnóticos. Claramente ya no pueden tocar “Hard and fast” como en sus años mozos, pero evidentemente lo que han perdido en libras de presión, lo han ganado en hechicería sónica y este tema resulta tan asombroso y psicodélico como debía.

Al terminar, las boletas de la mitad de la audiencia has sido pagadas.

Honky Tonk Woman nos devuelve al sonido monótono y característico de la tanda pre Juanes, y se acentúan problemas de sonido, que parecían de consola o mezcla en vivo y hacen sentir aún más devaluados los 30 míseros dólares promedio que pagamos por estar aquí.

Adri, mi hermana, nos dejó Netflix y hace un mes empecé a ver el documental UNDER THE INFLUENCE en el que, a través de la grabación del álbum epónimo solitario del guitarrista líder de los Stones., se realiza un viaje musical por sus influencias desde el delta del Mississippi hasta las calles de Kingston. A la mitad, enojado de saber que no iba a asistir a su concierto en Bogotá, dejé de verlo, y algunos días después, con la boleta comprada, terminé de hacerlo. Terminé feliz.

“It’s good to be here in Bogotá. It’s good to be anywhere.” La risa de Keith se contagió 400 mil veces y el Nemesio se derritió ante el carisma de este sobreviviente de siete décadas que, de no ser por la extravagancia y anoréxico sex appeal de Jagger, podría perfectamente ser el líder de la banda.

Y de hecho, del show desaparece el súper pesado flaco y durante dos maravillosos temas, la gira Olé (¿en serio Olé?) se convierte en un hermoso recital de blues de dos de los más afamados guitarristas eléctricos vivos. You Got The Silver & Before They Make Me Run constituyen uno de los momentos más melodiosos y sentidos de la noche, con todo el dolor y el lamento y la rebeldía de los negros del Mississippi en las manos de dos blancos de Britania, recuerdo Bajo la Influencia de Richards y me doy cuenta de que esto es lo más cerca que estaremos de escuchar en vivo a Muddy Waters y a Howlin’ Wolf (ambos resucitados en sus carreras y luego invitados a tocar por los Stones durante la época de Chess Records); que estos son los herederos espirituales de Robert Johnson, quien venciera al diablo con su guitarra en el cruce de caminos; que sin importar las corporaciones detrás de lo que estoy viendo, presencio y escucho una expresión genuina del alma colectiva humana, dolida, pisoteada y recompuesta, a través de los sonidos que parieron Rock n Roll. Es un momento maravilloso y hago absoluta y armónica parte de él.

Y armónica es la palabra. Luego del blues y de otro hermoso momento de generosa egolatría, Mick Jagger está decidido a probar que Muddy y Wolf también fueron suyos, ofreciendo una muestra de su interpretación de armónica, también bastante generosa, durante Midnight Rambler.

Estoy contento. La respuesta a mi pregunta, como dijo Bob, está soplando en el viento. Es un momento eléctrico. La calma antes de la tormenta. Lo se, es ahora. Le pido un encendedor a la pareja de al lado y enciendo el pitillo que había guardado para fumar con Germán en los Stones. Inmediatamente las luces se tornan funky y la sección de vientos que viaja con la banda estalla en la melodía de Miss You. El estadio, la ciudad y el mundo se encienden con la pregunta “Baby, why you wait so long?” y recuerdo haber visto esta canción en vivo tocada por Los Fabulosos Cadillacs, en uno de sus mejores covers (y los Cadillacs son buenos haciendo covers). Esa es la verdadera pregunta “¿cuánto tiempo te esperé?” ¿cuánto tiempo?

La canción vive sola, viaja, mueve. Mi cabeza está contenta y en el estupor rompo otro voto y grabo unos segundos de video mientras fumo y grito u-u-ú-uuuu-u-u-ú-uuuu, girl I miss you, aunque en realidad extraño a un chico, a un amigo, a un hermano que no vivió para estar aquí, ver y escuchar esto. Un muchacho que murió con su chaqueta de cuero puesta y boletas para Metallica entre el bolsillo de ella. I miss you, man, como dice Charlie, quisiera que estuvieras aquí, y bueno, de alguna manera estás. Y estamos.

Cheers, mate.

Me seco las lágrimas mientras aplasto la pata con la bota y sin acabar de absorber el impacto del momento y entre los oe-oe-oe-oeeee Stooooones-stooooones empiezan a sonar los acordes iniciales familiares y pausados de una de las mejores canciones de eso que llaman Rock N Roll. Keef avanza mientras toca y Gimme Shelter es liberada entre la gente, con esa estructura expansible e incontrolable que la caracteriza. La sordidez neoyorquina de su letra es contrastada por la impresionante y potente técnica vocal de Sasha Allen, quien se roba este pedazo de show a solo un tiro de distancia. El generoso y arrogante líder de la banda la deja tener su momento, la seduce y celebra en el escenario, es algo fantástico.

Feli me había contado de la infografía satánica proyectada que precedía a Sympathy For The Devil, así que cuando vi el pentagrama rojo invertido convertirse en cabra mientras la más “latina” de las percusiones Stones empezaba a sonar, supe por que Mick estuvo tan generoso en el tema anterior. Era hora de permitirse presentarse a sí mismo, un hombre de fortuna y gusto, un sátiro cachondo que con casi sesenta fue comido por una veinteañera Angelina Jolie; un animal fiestero que departía con Basquiat y Halston en La Factoría de Warhol; un actor terriblemente interesante y un completo hombre de cine que produce proyectos con Scorsese y tiene 447 créditos de bandas sonoras a su nombre.

Recuerdo cuando compré el sencillo de Sympathy For The Devil en la versión de Guns n’ Roses para la película Interview With The Vampire en discos La Rumbita de Unicento. Recuerdo haber conocido el tema por esta vía primero y luego haber ido hasta el Rock n’ Roll Circus por referencias. Todo tiene que ver con Rolling Stones, todo. Mi infancia, mi adolescencia, mi adultez, los Cadillacs, U2, los Gunners, Vynil, The Departed, Kubrick, Apple, Bowie, Los Simpson, Daredevil, Howlin’ Wolf, Superheavy, The Hives, Maroon 5, Brad Pitt, Andy Olham, Chapinero, Botero y las obleas.

Todo.

Luego Brown Sugar y el falso final del espectáculo.

Algunos minutos de pícaro silencio en el que todos fingen que creen que la banda no saldrá más y corean el himno de fútbol que alaba al equipo. Y de la oscuridad, acompañado por el coro de la universidad Javeriana (al que mi hermana Adri perteneció y para el que fui rechazado por estar más interesado en las hormonas que en las armonías), You Can’t Always Get What You Want, llega como encore a recordarme que hoy no escucharé Ruby Tuesday y mañana no importa si se ha ido; que alguna vez tuve un adorable suegro en la mafia que escuchaba y cantaba esta canción todos los días; que la mayoría de los que sueñan con ser estrellas de rock o fotógrafos de moda o directores de cine, acaban trabajando ocho horas al día, seis días a la semana, para una corporación o empresa sin rostro, para pagar hipotecas y colegios y vacaciones de dos semanas hasta que la febrilidad física los retire cuando ya sus horas hayan sido cambiadas por pesos y la memoria es cada día más un tesoro.

Y si, son esas declaraciones genéricas y rocanroleramente filosóficas las que constituyen la columna vertebral del mensaje de la banda, y si, a veces consigues lo que necesitas, si eres afortunado, pero no siempre puedes conseguir lo que quieres, a menos que seas Mick jagger.

La canción pasa del soul al góspel y del evangelio al revival, al finalizar, el delgado demonio es un predicador que alza las manos al cielo pidiendo por las almas y las vidas y las tristezas y alegrías de la congregación. Todos oran con él con manos alzadas al cielo color Batman de la noche bogotana. Estamos en misa, el espíritu se sacude y el cansancio se funde con el éxtasis. La única razón para estar aquí es estar aquí, cómo el perro que se lame las bolas, la única razón para hacerlo es por que puede y nosotros estamos aquí por que podemos. Estoy aquí por que quiero, puedo y no me da miedo. Estoy aquí por que me lo merezco. Estoy aquí por que soy yo y yo soy lo que decido ser e ir a donde quiero estar. Y llevar a mi mejor amigo muerto conmigo.

La piedra rodante no acumula musgo, es cierto. Ya quisieran muchos veinteañeros poder moverse como Jagger, ya quisiera yo tener su plata y sus hembritas, ya quisieran todos los bluseros poder tocar como Keef, ya quisieran los que están afuera haber podido entrar y ya quisiera yo estar con Germán, pero lo que pasó ya no existe, hay que seguir rodando, hay que querer lo que se tiene y tener lo que se quiere, hay que perdonar y perdonarse, hay que buscar satisfacción, aunque nunca se encuentre.

Satisfaction, la última canción, suena también más lenta y de una potencia diferente. Sigue siendo un himno del Rock sexual par excellence y por supuesto el estadio entero la canta a gritos sabiendo que este insatisfacción es el orgasmo final; la despedida pirotécnica; la última gran explosión.

Me callo y me quedo quieto. Contemplo la banda activa más antigua del planeta tierra tocar la música que ellos diseñaron y el sonido que patentaron. Charlie nunca dejó de tocar con la mano derecha hacia arriba, como Gene Krupa y los grandes bateristas de Jazz, Keith y Ron son herederos del mejor Blues y conjuran su pasión y sentimiento en todo lo que interpretan. Mick es el vocero principal de una generación de chicos decididos a gritar extravagancia con más convicción que afinación. Este engranaje y esta simbiosis es la médula de eso que llaman Rock N Roll. Una merienda de negros, como suele llamar mi papá al barullo; un salpicón sabroso, como llamó despectivamente la protagonista de mi película a la película que protagonizo; un hermoso choque de trenes y personalidades e influencias que, justo ahora y frente a nosotros, pagados por corporaciones sin rostro y haciéndose cada minuto más millonarios, simbolizan y corporeizan todo lo que aquellos que humilde y arrogantemente nos llamamos roqueros amamos.

Un gran concierto.

La pirotecnia final estalla, la música acaba, la banda se abraza y hace venia. Los Rolling Stones se largan del escenario del Nemesio Camacho “El Campín” tragándose sus palabras promisorias de nunca tocar aquí. Ahora van a tocar en La Habana, Cuba comunista. Es un nuevo mundo para estos viejos, y se lo están tomando de nuevo antes de partir. Con las luces completamente encendidas y caminando letárgicamente hacia la salida, recuerdo las sabias palabras del Dr. Marrano acerca de los Cadillacs en uno de sus conciertos: “cuando uno ve viejos a los Cadillacs, marrano, el viejo es uno”.

Y si, la nostalgia y el paso del tiempo hicieron que diera mi brazo a torcer y rompiera tantas promesas simultáneamente. Y valió la pena. Gracias, Piedras. Gracias por incumplir su palabra y venir a tocar Rock a Bogotá; gracias Mick Jagger por tu condescendiente simpatía; gracias Keith Richards por tu mustia alegría de (sobre)vivir; gracias Ron por el Pop y gracias Charlie por el Jazz, y sobre todo, gracias muchachos por haberme salvado de ser un cuarentón frustrado y trabado en un carísimo concierto de Rock geriátrico.

Nos encontramos justo a tiempo.

NINGÚN AÑO NUEVO

No esperaba encontrarte, hermosa. Menos el día de hoy.

Año viejo. El día último del año.

Seguros ibas para o venías de una fiesta.

 

Tu pinta está muy linda. Tu jean azul nevado como acid wash combina re bien con el rosado del saquito, y la verdad mi amor, estás muy bella.

 

Piernas delgadas y culo lindo, bebé. Marco fuerte, un pelo lindo y medio cerebro rosa puesto justo al terminar tu pequeña aureola de sangre también, muy bonita.

 

El casco negro veinte metros más adelante salía con todo y salió volando. Tu novio parece en shock, sentado en el prado del andén mientras lo examinan. Saldrá caminando de esta.

 

Tu no.

 

Nos dedicamos a retar a la naturaleza, nos regodeamos en lo inalcanzable de nuestros sueños y seguimos hurgándole el culo a ese animal que es el destino con nuestra arrogancia existencialista. Las naves espaciales y las patinetas voladoras. El sinsentido del reto.

 

Pero la cruda verdad es que nadie sabe lo que aguarda al otro de la curva. Vamos a toda, con toda, por toda, primo. Vamos con el alma. La vida es para vivirla parcero.

 

La vida es para matarla.

 

Y la mató.

 

Me hubiera encantado conocerte, hermosa. Me hubiera encantado invitarte un trago y comerte en año nuevo, pero ya no hay más años nuevos para ti en este mundo, así que adiós, hermosa. Mil automóviles detrás esperan conocerte.

“NO VOY MAS EN ESTE JUEGO POR QUE SIENTO QUE PERDI” -(Ferna)

Uno quisiera que fuera un mal chiste, una broma pesada, un performance.

Es ese gran truco irrepetible que solo puede ejecutarse una vez, un monje tibetano se embebe en gasolina, un pato come dinamita y explota, Fernandito salta gritando al vacío. El mejor Vaudeville, el magazo, algo tan espectacular que casi vale lo que cuesta.

Hoy la muerte se nos sienta a la mesa una vez mas a recordarnos lo que somos y lo que nos espera y en esta ocasión mas que nunca sabe a rabia, por que fue servida por un amigo, un colega, otro puto loco en este mundo que es tan como uno que es inevitable amarlo. Da rabia que haya sido capaz de interpretar al suicida contemporáneo con tanta elegancia y precisión . Da rabia que nos deje y piense en si mismo y no en los que se queden, somos egoístas, repentistas, dolientes y otro mundo de maricadas que hacen que lo que esta pasando parezca un sueño bizarro, audaz, surrealista, expresionista, hiperrealista y conmovedor hasta el fin. Hasta la rabia.

Pero es que es la rabia de perderte, marica. Hiciste llorar hasta a Don Chinche.

Todo bien. La vida sigue para los vivos, la vida es una cárcel con las puertas abiertas y cuide lo que pueda querer. Yo entiendo bien, yo estuve ahí, pero nunca tuve el coraje de prender la mecha, jalar el gatillo ni dar el paso sin piso. Yo hice una película de eso y comprendo completamente, aunque hago la misma salvedad que mi amor : Tal vez quienes tienen hijos no deberían darse esos lujos.

Igual ya no importa, el dolor incalculable, la hermosa, lúcida y profundamente humana nota final que quedó escrita, los canciones, los tragos, los personajes, el espacio de universo que habitaste, se dividen entre los que desde nuestro cobarde egoísmo cuestionamos albedríos, y esa energía llamada Fernando, que nos tocó a todos cual guitarras, se hace parte de nuestro resto de vida en esta galaxia.

Por cada brindis, gracias y por cada gracia, Salud

UNA VAINA LOCA (Marguerite)

Cuando nos despedimos nunca nos despedimos.
Y si, dejé de pensarte todo el tiempo y de soñarte cada noche y de llamarte y colgarte y sentí deseo y hasta amor por otro(s) hombre(s), y quise a mi marido y me entregué a él y a eso que construimos.

Pero en los momentos en los que no hacía nada de eso y estaba sola, solo pensaba en ti, te llamada a gritos mudos y te encontraba siempre habitando el recuerdo como si después de despedirnos te hubieras ido a vivir con mi soledad y siempre que estuviera sola iba a encontrarte y a encontrar que en realidad me faltabas por que nunca te habías ido.

Una vaina loca.