EL DIABLO DEL PAÍS CON NOMBRE DE MUJER (Reseña de De psicópatas y otros hombres)

by arturortegon

Había una vez un dramaturgo, un productor y un actor.

No.

Había una vez una mujer llamada María, que escribía, coqueteaba y fumaba marihuana…

No.

En una tierra enferma, cuyo nombre hacía alusión a las palomas y vivió siempre en guerra, tres hombres han decidido tramar el retorno del psicópata; un monstruo horrible de nombre y rostro mutantes que aparece siempre y de la nada, a cuyo anonimato perpetuo se le puede atribuir cualquier aberración y no existe manera de detenerlo.

Si. Eso.

Recuerdo las palabras del detective Somerset: “Si atrapamos a John Doe y resulta ser el diablo, es decir, Satán en persona, eso estaría a la altura de las expectativas. Pero no es el diablo, es solo un hombre”. Y solo un hombre es lo que se necesita; un hombre macho, de fuerza bruta y frágiles sentimientos; un hombre sin nombre, de cualquier estrato y extracción social; un hombre que no ame a las mujeres, que les tema, que resienta la libertad femenina y la misma feminidad; un hombre loco, de esos que abundan en nuestras latitudes. Ese hombre, es el diablo.

En este caso tres. Tres inútiles perdidos en su propia labia, en su propia cobardía y en su propia tautología, cómo muchos de los personajes que EL CLAN nos ha dado a conocer en estos tres concisos ejercicios teatrales que empezaron con VIDAS AL BORDE y SALA DE ESPERA y que ahora se consolidan como claros ejercicios de estilo y contenido, solidificando el nombre del colectivo. Alejandro Aguilar dirige a Iván Jara, Edwin Garrido, Camilo Ávila y a la deliciosa Catherine French, en esta pieza escrita por Walter Fernández, acerca de un feminicidio anunciado.

 

Tanto la temática como el título y hasta el afiche promocional sugieren cierta sordidez y amarillismo que están gratamente ausente de la obra. Si bien es cierto que se trata de la muerte de una mujer a manos de sus tres amantes (que en realidad podría ser las tres caras de un asesino tripolar), es también una elegante reflexión acerca de la función del arte respecto a la memoria y como, muy frecuentemente en esta tierra de palomas, nos contamos las verdades como ficciones para evadir la culpa y hacer de cuenta que el horror no sucedió o no tan horriblemente como nos lo contaron. Pero bien es cierto que “el arte imita la realidad, pero la realidad supera la ficción” y es esa certidumbre puesta en las fotos del monstruo de los Andes, del empalador del Parque Nacional, del pedófilo de Chapinero Alto, la que hace que uno se retuerza de ver como la maldad humana ejecutada supera casi todo lo imaginable.

Pero la obra es elegante y descarada. Ronda desparpajada los lugares comunes y encara el cliché (que es cliché por que funciona) con fructífera valentía. Llena de referencias literarias, dramatúrgicas y hasta psicológicas (mencionando abiertamente el Ánima de Jung y a Harold Pinter) y con un montaje trucado en el que un cuerpo desmembrado en un tablero se vuelve el mapa de Colombia y los espectadores están obligados a ver la obra a través de un marco, que le da un carácter cinematográfico muy vívido (durante el segmento de las lámparas iluminando la oscuridad podría jurar que el cuarto hizo zoom in) y que también es parte del sello de EL CLAN.

Y si de sellos se trata, la musa del grupo y actriz de las tres piezas, Catherine French entrega una interpretación desparpajada y sensual que pese a estar enmarcada en un cliché, deleita al espectador y completa la dinámica narrativa con una interpretación llena de Marlene Dietrich y Lauren Bacall, convirtiéndose en objeto de deseo, de culto, de amor y de odio, y paradójicamente se “objetifica” para permitir este punto de vista, muy masculino en todo caso, de una problemática que afecta exclusivamente a la mujer.

DE PSICÓPATAS Y OTROS HOMBRES es una muy interesante colección de voces contando la visión masculina de una problemática femenina y en el proceso, cuestionando la función del arte, la selectividad de la memoria y las consecuencias de lo que se percibe como triunfo o fracaso. Es una obra con la que vale la pena encontrarse y que deja al espectador más con el malestar de un veneno agridulce que con la agresividad de un tarrado de ácido en el rostro.

Advertisements