ARTURO ORTEGÓN

ARTÍCULOS PENDIENTES

TRES TRISTES PERROS HABLANDO DE DIOS (Reseña de LA PAZ PERPETUA)

“Sapere aude, pedazo de marica. “

La tragedia siempre obnubila la sabiduría.

Odín es un cínico, Emanuel tiene filosofía (que es ideología para maricas) y John John es un musculado cachorro über mestizo con un cerebro posiblemente más grande que su cráneo. Los tres esperan impacientes ser elegidos para el escuadrón canino de una fuerza armada de Élite. Odín al parecer ha tenido varios dueños, al parecer nunca le ha faltado afecto y al parecer siempre le ha importado un culo. Emanuel es el proverbial gamín rehabilitado por una filósofa ciega quien lo rebautizara con el nombre del gran pensador alemán que criticaba la razón pura y cuya dialéctica está presente en la obra incluso como una especie de Deux est literi al final. John John es un inmarcesible cruce casi monstruoso de incertidumbres y superfluidades que martirizan su sentido de propósito y única razón para existir.

Cassius, el emperador y su mascota , el humano, entran y salen, entran y salen y juzgan y evalúan y alimentan y castigan y cuestionan y prueban y alientan y reprimen a los tres ansiosos canes que juegan entre si juegos más mentales que físicos en los que se enjuician los valores más nobles y los motivos más oscuros. El deseo de superación, el deseo de triunfo, el deseo de venganza, el deseo de aniquilación, el miedo a ser descartado, la conciencia triste de la inconsecuencia e insignificancia existenciales, la apuesta de pascal y por supuesto la tácitamente susodicha e inminentemente kantiana, paz perpetua.

LA PAZ PERPETUA del grupo Resortera Quinta Picota es una obra de suma importancia en la construcción de un imaginario moderno, posmoderno, contemporáneo, o donde sea que estemos en las clasificaciones históricas, colombiano. Una obra que ladra y gruñe y babea y aúlla y muerde. Con un rango interpretativo que va del preciosismo a la grandilocuencia pero que sobre todo logra mantenerse parejo durante la interpretación y homogéneo entre los intérpretes.

Económica y recursiva, sumamente efectiva en la utilización y utilería omnipresente en las obras de ahora (sirenas, linternas, música ominosa), ofrece en todo caso un poco más, que resulta ser mucho más y hace que la obra caiga, muy como los perros, siempre en el lugar y la posición correctas y parezca ir al ritmo preciso de un metrónomo; algo que se evidencia en la realistas y rítmicas coreografías de juegos y peleas entre los protagonistas cuadrúpedos. Los elementos escénicos concisos y contundentes solo refuerzan una obra ya de por si tremendamente fuerte.

Alexis Rojas como Odín es juguetón y comandante; su fuerza deviene de un lugar de escepticismo, descreimiento, rivalidad, envidia y lógica egoísta. Su transformación en perro puede ser la más exitosa, en parte por sus bigotes y pelos, pero sobre todo por un lenguaje corporal que, pese a tener líneas que pueden definirlo como villano, comunica ternura, alegría, expectativa, curiosidad, audacia y todas las conductas y cualidades que conquistan a un hombre de un perro. Su personaje también aporta una extrañamente refrescante dosis de comicidad a través de su cinismo y destructiva visión de la vida y el momento presente. De los tres concursantes, Odín es definitivamente el jefe.

Iván Carvajal es Emanuel; Emanuel Can ¿si entiende? Un chiste, como el filósofo que dijo que debemos osar pensar por nuestra propia cuenta y riesgo. Un otrora perro de pelea que encontró la redención con Isabel, al parecer la niña ciega de un pensador de izquierda, quien hallase la muerte en un atentado de esos que se hacen de vez en cuando en repúblicas bananeras para recordarle a la oligarquía que todos sabemos que nos están jodiendo por el culo entonces jodámonos todos bien duro. Y eso es justamente lo que es tan bien encarnado en este perro, en su cuestionamiento moral, en su fuerza física y abatimiento moral. Emanuel es esa mente hecha alma hecha dolor.

Alejandro Buitrago haciendo a John John es enorme y desconcertado. Mucho músculo y poco andén, que aunque no sea cierto él lo cree, por que tiende a creer lo que le dicen. Un perro de 18 millones, ensamblado con partes de otros perros que trae a colación la historia de Karl Friedrich Louis Dobermann . Un perro obediente y ansioso por satisfacer a su amo. De buena memoria y poco criterio que a través de sus cortas búsquedas físicas e intelectuales dentro de la antesala en la que están encerrados, proporciona los momentos más agridulces de la representación. Un monstruo con corazón, un gentil gigante que como el de Frankenstein, intenta humanizarse y acoplarse sin mucho éxito.

Wilson Forero es Cassius, el titánico y legendario gladiador canino que sirviera, ganara mucho y perdiera aún más en batallas urbanas contra entes del terror. Un glorioso desastre que se encarga de lanzar las preguntas fundamentales y servir de vínculo entre los contendores y el humano que los valora. Cassius aporta, además bizarros momentos cinematográficos reminiscentes de David Lynch y un discurso subyacente y tácito acerca del verdadero impacto de servir a Dios (hombre) y patria.

Julián Díaz, siempre imponente y contrastante, interpreta al humano, la mascota de la obra. Una presencia y omnipresencia que aparece llena de estoicismo, a veces matizado, silente y observador al principio, siendo traducido por Cassius. El hombre, lobo para el hombre y cualquier otro animal, representa también un eslabón; un vínculo entre lo divino (necesario e incomprensible para los perros) y lo mundano (necesario y definitivo para los dioses). También funge como Dios de la obra de algún modo (encarnando tal vez a Kant) y acaba amarrando perros, hombres, tragedias, resignaciones, evaluaciones, reflexiones y la paz perpetua, en una metáfora perfecta en la que el hombre es el final de todas las cosas y lo demás que corra.

Además de su notable recorrido nacional e internacional y las preseas que estos perros van lenta pero seguramente ganando, LA PAZ PERPETUA es una obra importantísima en esa lectura contemporánea del pasado reciente; de la transición entre siglos y generaciones; de la forma en que mutan los sistemas represivos pero se mantienen así, represivos, fascistas, ideológicos, avasalladores. La obra posee una gravedad y una importancia endémica y pandémica, es sintomática y a la vez diagnóstica; habla con elocuencia y gruñe sin comprensión; balancea exitosamente la intelectualidad y la visceralidad y acaba dejando a la audiencia sobre estimulada y pensativa a la vez.

Solo el tiempo dirá si Kant tenía razón, si el post conflicto en verdad puede existir, si la paz reside en la compasión o en la represión y por supuesto, hasta donde seremos capaces de llegar como especie. Y el tiempo también entregará a esta obra su verdadero reconocimiento como especie de lazarillo de una sociedad jadeante y emputada que se logra sosegar temporalmente cuando le tiran un hueso o le acarician la oreja.

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BAZUCA OFELIA

El aire es humo

 

El humo es rosa y roza la dulzura con la asfixia

 

Ella es barata

 

Podría ser cara

 

Si acercara su cara

 

Descascarada

 

Descarada.

 

El mundo es mierda

 

La mierda es real

 

La realidad es cara. Dura.

 

La caradura sabe que la certidumbre es cruel

 

Por eso escoge creer

 

Alucinar

 

Orar y soplar.

 

Su cuerpo será polvo,

 

Un polvo rosa que se puede pagar en polvo rosa por un polvo rosa.

 

Su cuerpo vale su peso en polvo

 

Y lo entrega. Por dosis. De a dosis.

 

Todos debemos morir. Todos debemos servir.

 

Servir a la muerte

 

Matar a la sierva.

 

El humo rosa roza la muerte y la muerte desdentada sonríe en cada calada,

 

En cada plom.

 

Los vicios no son del cuerpo

 

Dijo uno al que mató su vicio

 

El alma es un chiste, una trampa de la mente

 

El alma es humo

 

El cuerpo es polvo

 

Ella los vende ambos para poder comprarlos

 

Para dejar de pensar

 

Fumar

 

Alucinar

 

Dormir

 

Tal vez soñar.

EL DIABLO DEL PAÍS CON NOMBRE DE MUJER (Reseña de De psicópatas y otros hombres)

Había una vez un dramaturgo, un productor y un actor.

No.

Había una vez una mujer llamada María, que escribía, coqueteaba y fumaba marihuana…

No.

En una tierra enferma, cuyo nombre hacía alusión a las palomas y vivió siempre en guerra, tres hombres han decidido tramar el retorno del psicópata; un monstruo horrible de nombre y rostro mutantes que aparece siempre y de la nada, a cuyo anonimato perpetuo se le puede atribuir cualquier aberración y no existe manera de detenerlo.

Si. Eso.

Recuerdo las palabras del detective Somerset: “Si atrapamos a John Doe y resulta ser el diablo, es decir, Satán en persona, eso estaría a la altura de las expectativas. Pero no es el diablo, es solo un hombre”. Y solo un hombre es lo que se necesita; un hombre macho, de fuerza bruta y frágiles sentimientos; un hombre sin nombre, de cualquier estrato y extracción social; un hombre que no ame a las mujeres, que les tema, que resienta la libertad femenina y la misma feminidad; un hombre loco, de esos que abundan en nuestras latitudes. Ese hombre, es el diablo.

En este caso tres. Tres inútiles perdidos en su propia labia, en su propia cobardía y en su propia tautología, cómo muchos de los personajes que EL CLAN nos ha dado a conocer en estos tres concisos ejercicios teatrales que empezaron con VIDAS AL BORDE y SALA DE ESPERA y que ahora se consolidan como claros ejercicios de estilo y contenido, solidificando el nombre del colectivo. Alejandro Aguilar dirige a Iván Jara, Edwin Garrido, Camilo Ávila y a la deliciosa Catherine French, en esta pieza escrita por Walter Fernández, acerca de un feminicidio anunciado.

 

Tanto la temática como el título y hasta el afiche promocional sugieren cierta sordidez y amarillismo que están gratamente ausente de la obra. Si bien es cierto que se trata de la muerte de una mujer a manos de sus tres amantes (que en realidad podría ser las tres caras de un asesino tripolar), es también una elegante reflexión acerca de la función del arte respecto a la memoria y como, muy frecuentemente en esta tierra de palomas, nos contamos las verdades como ficciones para evadir la culpa y hacer de cuenta que el horror no sucedió o no tan horriblemente como nos lo contaron. Pero bien es cierto que “el arte imita la realidad, pero la realidad supera la ficción” y es esa certidumbre puesta en las fotos del monstruo de los Andes, del empalador del Parque Nacional, del pedófilo de Chapinero Alto, la que hace que uno se retuerza de ver como la maldad humana ejecutada supera casi todo lo imaginable.

Pero la obra es elegante y descarada. Ronda desparpajada los lugares comunes y encara el cliché (que es cliché por que funciona) con fructífera valentía. Llena de referencias literarias, dramatúrgicas y hasta psicológicas (mencionando abiertamente el Ánima de Jung y a Harold Pinter) y con un montaje trucado en el que un cuerpo desmembrado en un tablero se vuelve el mapa de Colombia y los espectadores están obligados a ver la obra a través de un marco, que le da un carácter cinematográfico muy vívido (durante el segmento de las lámparas iluminando la oscuridad podría jurar que el cuarto hizo zoom in) y que también es parte del sello de EL CLAN.

Y si de sellos se trata, la musa del grupo y actriz de las tres piezas, Catherine French entrega una interpretación desparpajada y sensual que pese a estar enmarcada en un cliché, deleita al espectador y completa la dinámica narrativa con una interpretación llena de Marlene Dietrich y Lauren Bacall, convirtiéndose en objeto de deseo, de culto, de amor y de odio, y paradójicamente se “objetifica” para permitir este punto de vista, muy masculino en todo caso, de una problemática que afecta exclusivamente a la mujer.

DE PSICÓPATAS Y OTROS HOMBRES es una muy interesante colección de voces contando la visión masculina de una problemática femenina y en el proceso, cuestionando la función del arte, la selectividad de la memoria y las consecuencias de lo que se percibe como triunfo o fracaso. Es una obra con la que vale la pena encontrarse y que deja al espectador más con el malestar de un veneno agridulce que con la agresividad de un tarrado de ácido en el rostro.

EUROSTAR (Espera disfuncional)

El tren está lento y demorado.

Los vaqueros de rodillas rotas han vuelto de moda.

Los oficiales de seguridad son grandes e inútiles.

Hace frío en Paris.

La chocolatina tiene coco.

Mi chaqueta Uniqlo está goteando plumas.

Sarita diría que son ángeles cuidándome.

 

Es la última vez que hago esto así.

 

No se puede conectar a la red.

Tuve que beber lo que quedaba de Poliakov de un solo sorbo antes de subir a Eiffel por miedo a ser expuesto como bebedor de vodka ante mi británica hermana, quien me insultara por decirle a una persona que dejaba su bolsa, por su gran apuro, en una silla de Patisserie Valerie.

Debiera haber usado mi afilado sarcasmo telepático británico como hacen los ingleses propios así como ellas.

Papá debe estar chapaleando en playa popó, Melbourne, con el hermanito de mi hermanita, que no es mi hermanito ni soy yo.

La mami llega caminando. Sonríe y habla.

Me dio la vida y la quiero.

A pesar de haberme dado la vida.

La rubia rubenesca come un pastelito con el amor que le haría si quisiera compartir su pastelito.

El tren está retasado. EuroStar. Mucho tiempo sin venir a este maizal.

Más grande y joven de lo que soy. Gran comedor; gran bebedor; gran observador; gran escucha de conversaciones ajenas y observador de la condición y especie humanas.

Mi vagón es el trece. El afortunado trece. Abrieron el tren.

Me voy.

 

 

ELYSIUM (La marcha continúa)

Hay un gen muy antiguo de mi padre,

negro y africano. Muy fuerte y sobreviviente, que nos hace seguir caminando.

Siempre.

Hay un gen de mi madre, muy sensual, hedonista y seductor,

que nos hace buscar lo iluminado, lo cálido y nutritivo.

Siempre.

Oue la roue? Nous sommes ici.

Dans la rivière. Dans le jardin.

Marche les champs,

de Mars.

Élysées.

 

Camina hacia la luz, hijo mío.

 

Hay un gen bien compartido que me da hambre y me da sed.

Y quiero carne y quiero sangre

y quiero arte y quiero usted.

Hay algo mío, a solas con todo el mundo,

que quiere contarlo todo.

 

He llegado a donde iba. Debo ahora regresar.

Por el camino de vuelta he de comer, beber y aullar

y al llegar al lecho, una sonrisa ha de dormirme

sabiendo que sigo y seguiré sobreviviendo.

Y por ratos

Los mejores ratos

Viviendo.

Allez pués.

 

 

MESA EN MACONDO (Crónica de un desplazamiento anunciado)

Me como un par de postres coloridos y horribles casi tan disonantes como las fotos que nos tomamos. No tuvieron más remedio que desplazarnos para que la Grande Dame y alias Chupeta ocuparan nuestros lugares. El sesenta y nueve siempre es más complicado cuando debes lamer culo. Esto solía ser el Teatro Faenza. La faena es cruenta e hipócrita y en la mesa técnica somos todos fans de los artistas de tele. Yo solo vigilo el vino y la oigo a ella. Nada más importa.

Los suficientemente pronto, allá afuera todos seguiremos tratando de contar historias y superarnos los unos a los otros, despectiva y protocolariamente. Todo es una réplica, una impostación; todo es horrendo y arribista. Somos una sociedad pobre y nuestra felicidad es que nos tiren dulces y nos tiren fotos y nos vuelvan estampitas.

¿A veeerr?

Recuerdo a Linda: “Hank, no tenemos que ser siempre los últimos en irnos de la fiesta”. Sonrío.

La verdad del alma se asfixia entre tanta impostación y toda esa ansiedad.

Todos somos miserablemente felices y resentidamente agradecidos y en esta mesa el vino empieza a acabarse.

Pasa El Embajador de la India; pasa El Abrazo de la Serpiente; pasa la dama más grande. Yo huelo bien por que aunque mis medias sean baratas, mi loción es cara. La reina se acerca y reconoce que me han desplazado. Es sin duda una mujer muy bella.

Alguien grita que va a empezar la película, debo buscar otro vino y voltearme a ver que putas pasa. Una nueva botella llega. Gracias, mesero lindo. No queda mucho más por decir, excepto tal vez…

¡ACCIÓN!

 

 

 

BUSCANDO A DIANA (Crónica de una charla anunciada)

“Pues la tendrán que encontrar.”

La frase lapidaria pronunciada en tono matón me hizo bufar pasito y abandonar el familiar auditorio lleno de rostros conocidos y reconocibles.

Tuve que irme por que la suficiencia convertida en arrogancia de Diana, vocera de la ACA en esta charla convocada por la ACACC había alcanzado un tope exasperante. También por que debía recoger las llaves de la Carry en Vereda antes de las 6 para el karaoke. Pero esa es otra historia.

Antes de eso, Rodrigo llevaba unos buenos siete minutos explicando e iterando el porqué no es bueno homologar plataformas ni medios de interpretación actoral, confesando que su labor de productor de cine lo obligaba a trabajar a otro ritmo y estipulando que era injusto tratar su esquema de producción en igualdad de condiciones al del de una franja que vende comerciales cada quince minutos, cinco días de la semana a medio billón de videntes.

El productor estaba siendo articulado, conciso, conmovedor; nos llamo “compañeros de trinchera” a los actores y directores y productores y en gran medida logró evocar el verdadero romance que suele haber entre actores y directores.

En el cine, quiero decir, y esa es una diferenciación importante desde este y todo punto de vista. No existen relaciones tipo Eastwood-Leone en la tele. Y eso es por que la televisión, la original de canales, si bien ha cambiado en las últimas décadas para acercarse a los paradigmas de la televisión por cable, a su vez más cercana al cine, sigue siendo una fábrica, una planta de producción y un negocio para vender los productos de los anunciantes, que cada vez más son corporaciones gigantescas, que son los únicos que pueden costearlo.

El cine es distinto. Eso era lo que Rodrigo y Jorge, el tercer y último panelista, querían que Diana consintiera.

“Pues la tendrán que encontrar.”

No se que pasó después de que me fui, pero esa platica, y con platica quiero decir plática buscando el convencimiento de una querida actriz de las pantallas grande y chica de que ambas no son la misma, se perdió. Un poco por la intimidante fortaleza y testarudez de la interlocutora en mención (aún mientras escribo esto le tengo miedo. La imagino gritándome y yo haciéndome una bola e intentando no llorar), y de otro lado por que esta testarudez sumada a una sensación de desdén por todas las opiniones y solicitudes externas al sindicato, es el rastro que sigue quedando cada vez que el sector cinematográfico se reúne con la asociación de actores.

Por que tuve que comentarlo con más gente y preguntar. No seria justo escribir mi impresión sobre un tema a cuyo respecto llevo un buen rato esperando poder pronunciarme, basándome solo en un panel de dos horas que empezó media hora tarde.

No entiendo por que debe pasar esto de esta manera, pero el hecho es que desde que una revista de nombre macondiano trajo a la mayor luz los impedimentos que significaba la ponente Ley del Actor para la realización cinematográfica y para unas antecesoras y funcionales Leyes de Cine que hacen posible que exista cine colombiano, la tensión entre el sector cinematográfico y el joven sindicato actoral parece no decrecer y solo aumentar en controversias, rumores, desencuentros y oposiciones, entre laborantes casi idénticos y evidentemente simbióticos.

Colombia ha sido un país singularmente descuidado y desamparado para con sus singularmente buenos cine y actores, la televisión creció y mutó para alimentar a los grandes intereses y entre más crecían los grupos económicos que la sometían, más adelgazaba y erosionaba la televisión. Todos los argumentos de Diana, apoyada en un momento por un más ameno y empático Julio, eran y son ciertos.

Y ni siquiera argumentos, verdades de puño que no pueden causar más que indignación. Los canales de televisión masticaron hasta el tuétano y luego escupieron medio muertos a algunos de los más finos y mejores actores y actrices que nuestro país ha dado; un país de actores serios, de actores buenos, de buenos actores, buenos maestros, buenos dramaturgos e intérpretes que se han y nos hemos preocupado por estudiar, por entrenar, por sufrir un oficio grato e ingrato a la vez.

Y los actores de televisión en Colombia han sido explotados, maltratados y jodidos más allá de los límites racionales de manera sistemática y exponencial desde el siglo pasado.

Su indignación es más que justa.

Pero la indignación sola solo produce tensión, y eso es lo que está pasando, sobre todo con el cine, más antiguo en Colombia y en casi todos lados que la tele y, como intentó esgrimir Rodrigo, aliado de vieja data de la causa de los actores.

Mis tíos Gonzalo y Felipe de Girardot (que siempre quiere que todos estén contentos), por ejemplo, sostuvieron largas conversaciones con el sindicato y sus representantes y muchas de estas conversaciones derivaron en conceptos reproducidos posteriormente por la Mesa de Gremios del Sector Audiovisual Colombiano en el que de manera sensata se pedía un cambio de curso de acción en consideración a la actividad cinematográfica.

Diana y Julio, enfatizaron la literalidad de las palabras diciendo que es un PROYECTO-DE-LEY y que como proyecto aún está en construcción. Jorge respondió con toda la verdad de la lógica de su lado que lo único que existe ante la ley es lo radicado y que el texto radicado es ese controversial que exige, más o menos, voto y veto del sindicato para hacer una película en Colombia. Y aunque digan que la postura ha cambiado, el texto de la ponencia y el malestar permanecen, y muchos que han creído haber acordado algo con el sindicato se han sentido vulnerados por las inconsistencias.

Ahora, de ocho horas, quítele una por la mañana montando, una por la noche desmontando, una de almuerzo. Ni Jennifer Lawrence con toda la plata de Time-Warner detrás, podría hacer una película rodando cinco horas al día. No es viable. La diferencia de modelos es esa, el cine necesita días largos durante períodos cortos en locaciones específicas para contar 90 minutos de historia; la televisión puede servirse con días cortos durante largos periodos en locaciones genéricas o estudio para contar 100 horas de historia. Son ritmos distintos. Eso es lo que implora el productor cinematográfico en este panel.

“Pues la tendrán que encontrar.”

Y como dijo alguien, casi seguramente que Nicolas Cage, eres lo que amas y no lo que te ama a ti , y yo amo las películas y no he sido prostituido por la tele. No por falta de voluntad sino más bien de clientela. Entonces no puedo más que sentir a mi propio campo siendo matoneado por una madre orgullosa y actriz destacada, cuando manda a que el productor invente un sistema equiparable con lo que ella dice que su sindicato quiere de la televisión.

Siempre quise manifestarme al respecto por que soy actor. No pertenezco a la ACA, entre otras por que no he pasado por la copia de mi diploma donde el maestro Di Pietro, pero quiero serlo y espero no me rechacen por productor cuando presente mi solicitud.

Pero también soy director y como nadie me quiere, también me toca producir, y me aterra la posibilidad de que algún día no pueda intentar vender mi corto hecho con un celular, un disfraz de hombre lobo y cuatro amigos, por que mi producto no cumple con las exigencias de un sindicato.

Exagero para efecto, es cierto, pero esa es la percepción general que esta quedando de la postura del sindicato, que quieren fregar las películas, al punto que Harold dijo que si esto sigue así el futuro del cine colombiano sería la animación muda.

Y la audiencia solo quiere que no peleen entre quienes han sido aliados siempre. En este punto la percepción es la misma, que los Actores quieren joder a los Productores; que pobrecitos los Productores quieren ayudar pero los Actores no se dejan; que los Actores están siendo pobremente asesorados; que hay un Mico en el proyecto pero que los Actores dicen que no hay tal y que ya consideraron a los Productores pero el texto sigue igual es decir que la voluntad es aparente más no sincera. Es demasiado drama que deberíamos reservar para las escenas dramáticas.

Y no es justo ni práctico para dos sectores que han sido abusados y descuidados casi en igualdad de condiciones durante largo tiempo.

La Ley del Actor tiene además el potencial de abrir las puertas para más y mejores derechos y condiciones en todos los campos de la realización audiovisual; los actores como cabezas visibles podrían eventualmente ayudar a mejorar las condiciones de técnicos y empleados y asistentes que también son explotados y descartados, en todos los sectores de la producción audiovisual. La Ley del Actor podría ser, en su mayor esplendor, el primer movimiento para acabar con la maquila de la que habló Diana; podría ser más que un memorial de agravios, podría ser una declaración de principios para todos los que contamos cuentos para vivir.

El cine colombiano logro “organizarse” y hacerse “negocio” a partir de una ley que con todos sus problemas, buscó conciliar y reconciliar las dificultades de un sector para crear un aparato útil para la viabilidad de dicho sector. Y todavía queda mucho por ajustar, pero tratamos de seguir a flote. La invitación es que la ACA logre organizarse a partir de un espíritu conciliador y constructivo y sirva como catalizador de apoyo dentro del sector audiovisual.

La Ley del Actor no debería controvertir ni obstruir a su antecesora Ley de Cine ni equipar indiscriminadamente todas las plataformas de interpretación escénica.

Y Diana, tal vez sería chévere que pensaras en encontrarla juntos.

Y eso es todo lo que tengo que decir sobre eso.